martes, 9 de abril de 2013

II

No es que yo niegue mi edad, simplemente a veces me parece increíble haber pasado tantos años por alto, viviendo en el cuerpo de “no sé quien” y andando un camino trazado con las precauciones propias para evitar tropiezos; los psiquiatras piensan que es un mal medicable sentirse ajeno a sí mismo, y lo piensan y lo tratan, lo recetan y prescriben con la esperanza de que se solucione a largo plazo, como si se tratase de una infección viral. Cuando los efectos no son los deseados las dosis aumentan, las miradas se vuelven extrañas y la esperanza de eliminar tal virus se vuelve menor. Comprendes entonces que es una manía de la edad, mientes al respecto y se acaban las terapias, los doctores te felicitan y alaban tus progresos…nunca me resultó difícil saber mis problemas, buscar una solución sin embargo era aún más complejo. El tenía el miedo propio de la inocencia, un aire de tristeza infinita y la sonrisa tímida que brotaba como el agua cristalina a la menor provocación de mi mirada, ignoraba sin embargo el deseo que despertaba, la violencia de las caricias que devoran en minutos todas las dudas y temores. Yo sin embargo, sentía por él la más grande ternura de todas, el mayor amor que era capaz de idealizar, lo quería y en algún punto de esta historia el me quiso, ahora no puedo recordar en que momento…

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